Paradas inesperadas en el camino


A veces uno siente ganas de escribir… pero algo por dentro te dice que esperes. Como si la vida todavía estuviera acomodando los pedacitos de una historia que aún no termina de pasar.

Hace unas semanas me ocurrió algo curioso. Salí del trabajo y casi sin pensarlo entre a una farmacia, no tenía nada específico que comprar, pero había algo dentro de mí que me decía: entra. 

Entre y caminé por uno de los pasillos y de momento un joven alto, muy alto, se quedó mirándome. Nos quedamos mirando unos segundos, como cuando uno siente que conoce a alguien, pero la memoria todavía está tratando de saber quién es. 

Detrás de él estaba su mamá y de repente escuché: Hola Miss 👩‍🏫 En ese instante...todo hizo sentido. Había sido uno de mis estudiantes. Yo le había dado clases cuando tenía apenas siete años y ahora estaba apunto de cumplir 18.

El tiempo, de repente, se paró frente a mí como diciendo: mira todo lo que ha pasado. Hablamos unos minutos y, nos despedimos y después cada cual siguió su camino dentro de la farmacia. Pero algo dentro de mí ya se había movido. 

Cuando llegué a la caja tenía los ojos aguados. La cajera me miró y, sin saber muy bien porque, le conté lo que acababa de pasar. Ella me escuchó y me dijo algo tan sencillo…pero tan cierto: 

“Cuándo uno vuelve a ver a sus maestros después de muchos años, se despiertan muchos sentimientos¨. Y ahí mismo se me salieron las lágrimas, ella me dijo no llores, me miro con mucha dulzura y me dijo todo va a estar bien y yo lloré más. 😅

La gente en la fila nos miraba, pero de alguna forma nadie estaba incómodo. Como si todos entendieran que algo bonito, aunque inesperado estaba pasando allí mismo en medio de la farmacia. Mientras lloraba pensaba en algo…

En el tiempo, en lo poderoso que puede ser una palabra amable, un gesto de respeto, un buen trato. Uno nunca sabe cuánto de eso se queda viviendo en el corazón de alguien.

Salí de  la farmacia, llorando y riéndome a la vez por la escena, pero también con una alegría bien profunda. Porque después de tantos años como educadora, uno entiende que sembró algo en muchas vidas…aunque a veces no lo vea de inmediato. 

Cuando llegué a casa de mi mamá, ella me miró con esa mirada que sólo una madre tiene. 

- ¿Estabas llorando? , me preguntó.

Ella me conoce demasiado bien y, entonces le conté todo.

Dos semanas después, un sábado en la mañana. Llegué a la iglesia… y allí volví a encontrarme con la mamá de ese joven. Esta vez hablamos con más calma, me contó de su vida, luchas y de su deseo de volver a acercarse a Cristo.

Mientras hablamos comenzó a llorar, y yo que soy bien sentimental, terminé llorando con ella y en medio de la conversación, me dijo algo curioso: hacía tres años, que se había mudado a esta zona. Tres años viviendo cerca y ahora veníamos a encontrarnos.

¿Casualidad? …No lo creo. 

La vida tiene unos tiempos que uno no siempre entiende en el momento. Hay encuentros que pasan exactamente cuando tienen que pasar. Ni antes, ni después. A veces uno entra a un lugar sin saber porque, a veces uno siente que algo le falta, pero con el tiempo uno se da cuenta de que no siempre es una cosa lo que falta. A veces lo que necesitamos es una pequeña parada en el camino, un recordatorio, un encuentro, un momento que nos haga mirar hacia atrás y entender que cada paso, cada persona y cada experiencia ha sido parte del viaje. 

Con los años he aprendido algo sencillo, pero muy profundo:  en esta vida todos somos viajeros y muchas veces son esas paradas inesperadas, las que Dios usa para recordarnos que seguimos aquí por una razón. Que nada de lo que damos con amor se pierde y que, aún cuando uno no se da cuenta, Dios sigue escribiendo historias bonitas en medio de la vida cotidiana. 


Comentarios

  1. Tu vivencia fue muy instructiva no solo para tu vida, pero leer tu punto de vista es muy agradable, Dios te bendiga siempre, gracias por compartir tu experiencia...

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