Vestirme sin culpa, también es autocuidado.

​Hace unas semanas, me regalaron un vestido que me encantó. Tenía ese “pero” que muchos conocemos, pero aún así te fascina. Era descotado y sin mangas de esos que te gustan, pero te hacen pensar dos veces antes de utilizarlo. 

El sábado pasado para la iglesia decidí ponérmelo, pero transformándolo. Busqué un blazer que me cubriera un poco y cuando me miré al espejo, pensé: oye, me gusta como me veo. Y eso, aunque parezca sencillo, no siempre ha sido fácil para mí.

Ese día no me puse las medias. Le di un respiro a mis piernas. No fue por rebeldía, solo que me escuche. Fue decir: el cuerpo necesita pausa. Y aprendí que eso también es cuidarme.

El día antes, me matriculé en unos cursos que se dieron como oportunidad. Varias personas me preguntaron: ¿y con qué tiempo los tomarás?, Mi respuesta fue simple para todos: si uno quiere crecer en la vida, hay que hacer sacrificios. 

Crecer y hacer sacrificios, no es fácil y cansa. Pero quedarme donde uno está y no ver que avanzo a mi me cansa más. Por eso sigo sumando cursos a mi vida. Uno de esos cursos es de: proyección de imagen y buen vestir. Y no, no es vanidad. Para mí es parte de la sanación. 

Durante mucho tiempo, mi cuerpo fue un lugar incómodo. Un espacio que había que tapar, disimular, justificar. Vestirme escondiéndome, castigándome, cumpliendo reglas ajenas. Hoy quiero aprender a proyectar bien mi imagen, a vestirme con respeto y no con castigo.

Y cuando hablo de respeto, hablo también desde mi fe. Soy cristiana, y para mi vestirme bien, no es ponerme cualquier cosa ni perder mis valores, es honrar el cuerpo que habito, cuidarlo con dignidad, con sobriedad y con amor. Sin esconderme, ni sentir vergüenza por existir en él. 

Y este proceso no es sólo mío. Es parte del camino que quiero recorrer acompañando a otras mujeres con lipedema o que nos están conformes con su cuerpo. Mujeres que han pasaron años, eligiendo ropa, desde el “esto se puede” desde el miedo al espejo, desde la idea de qué hay algo que ocultar. Mujeres que merecen reconciliarse con el cuerpo, con su imagen y con su historia corporal.

Esta vida de viajera con lipedema que me ha tocado, es aprender a escuchar el cuerpo sin pelear con él. Es saber cuándo salir sin medias y cuando no. Es escoger un vestido porque me gusta y no porque cumple expectativas ajena. Es atrever hacer algo aunque me de miedo. Es caminar con el cuerpo que tengo no con el que me prometieron que iba a tener.

Cuidarme no es rendirme. Vestirme sin remordimiento es elegirme y un acto de amor propio.

Mi caminar puede ser más lento, pero que sepa el mundo que camino con amor, con paciencia y conmigo misma.

Si esto que Léete resuena, si alguna vez sentiste que tu cuerpo fue una batalla y no un hogar…

 ¿Te animas a caminar este proceso acompañada?💛

Comentarios

  1. Gracias por compartir desde el amor y la perseverancia, gracias por hacernos parte de tu vida. Sigue adelante que muchas mujeres necesitamos escucharte y leerte.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares