Más allá de lo que cubro.


Hay algo curioso con las señales que deja la vida. No llegan de golpe, simplemente aparecen… y muchas veces nos encuentran intentando cubrirlas.

¿Por qué sentimos esa necesidad de tapar lo que nos ha marcado?


Creo que es porque crecimos creyendo que lo visible debía ser perfecto. Que lo que habla del paso del tiempo, de lo vivido, debía esconderse o corregirse. Como si las huellas fueran errores y no evidencia de camino.


Hace un tiempo me encontré tratando de cubrir algo pequeño, casi invisible para otros, pero significativo para mí. Tapar mis canas. Quería verme bien, sentirme cómoda, mantener cierta imagen. En ese momento me había pintado el cabello hacía dos semanas —y como crece rápido— las canas ya se habían asomado nuevamente. Iba para a salir y no quería verme con ellas. Tenia un lipstick para cubrirlas, así que lo usé. 


Me preparé, elegí un vestido que me hacía sentir segura, y salí con la sensación de haber “arreglado” lo que no encajaba en mi. Esa era  la idea que tenía de mí ese día.


Llegué al lugar me senté en una esquina, olvidé el lipstick y me recosté en una pared blanca. De pronto miro la pared. 


Sin darme cuenta, dejé una marca fuera de mí. Visible. Imposible de ignorar.


Intenté limpiarla y borrar el rastro… pero en lugar de desaparecer, la mancha se hizo más evidente.


Me asusté y entre vergüenza y risa me paré del lugar y me puse a pensar lo que realmente me incomodaba no era la pared, sino todo el esfuerzo que había puesto en ocultar algo que, al final, seguía siendo parte de mí.


Hoy iba a retocar mi cabello y vi nuevamente el lipstick para canas. Sonreí. Le conté la historia a la muchacha que me atendía y no pudo parar de reír. Le di las gracias y seguí mi camino. Y ahí, en lo simple, entendí algo más profundo.


Muchas veces no estamos tratando de vernos mejor… estamos tratando de no ser vistas en aquello que creemos que nos resta.


Y en ese proceso, nos vamos escondiendo poco a poco lo que no nos gusta. 


Como viajeras de nuestra propia historia, cargamos experiencias, cambios, procesos y señales.


 Algunas visibles, otras no tanto. Y aunque a veces quisiéramos aligerar la maleta, hay cosas que no están para esconderse, sino para entenderse.


No todo lo que intentamos tapar necesita ser borrado. A veces solo necesita ser aceptado.


Y también entendí algo importante: aceptar no significa renunciar.


Esto no quiere decir que no me voy a pintar el pelo o que no quiera verme diferente en ciertos momentos. A veces cambiar, arreglarnos o jugar con nuestra imagen también es una forma de expresión, de ánimo y de amor propio. 


No todo lo que transformamos nace del rechazo; muchas veces nace del deseo de renovarnos.


Desde lo que estoy aprendiendo en mis clases de proyección, imagen y buen vestir, he descubierto que la imagen no se trata de ocultar quién eres, sino de comunicarlo mejor. De sentirte coherente por dentro y por fuera. De elegir cómo quieres presentarte al mundo, sin dejar de ser tú en el proceso.



Tal vez no se trata de cubrir cada marca que la vida ha dejado en nosotras, sino de aprender a caminar con ellas sin vergüenza.


Y desde ahí, elegir.


Elegir cuándo mostrar, cuándo transformar, cuándo resaltar.

Elegir cómo queremos vernos… sin escondernos de nosotras mismas.


Porque esas señales:  visibles y las que no se ven, no nos hacen menos.


Nos cuentan. Nos sostienen.

Y nos acompañan en este camino donde no buscamos perfección…

sino autenticidad.

Comentarios

  1. Me encantó la reflexión. Hay marcas visibles, sean naturales como también accidentadas que con el tiempo llega a ser la imagen de la que otros ven. Y es precisamente lo que muchos cuidan, el físico, lo que se ve, y se olvidan de lo interior. No se trata tampoco de descuidar nuestro aspecto, pues es lo que se ve, sino de no avergonzarnos, ya que esas marcas ya forman parte de nuestras vidas y debemos aceptarlo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares