🌙 Una noche de terror (o de aprendizaje) Fin de semana largo… y lo comencé el lunes con asma. Tenía planes de viajar a ver a mi abuela, pero el clima donde ella estaba no me iba a ayudar. Así que cambié de rumbo y terminé en el campo con mis padres. Ellos invitaron amistades y, entre conversaciones y risas, surgió la idea de acampar. Yo no quería quedarme atrás. Salí de la comodidad de mi cama para unirme a la aventura. Pensé que sería una gran decisión. Spoiler: no lo fue tanto 😅 Me prestaron una caseta de acampar. Todo parecía perfecto… hasta que llegó la hora de dormir. Qué pesadilla. La incomodidad, la rigidez del espacio, la sensación de pesadez en mis piernas… no encontraba posición. Intenté acostarme y nada. Terminé sentada, tratando de convencer a mi cuerpo de que eso también era descansar. Mis padres, que se unieron a la experiencia, no estaban muy tranquilos al verme así. En medio de la desesperación, recordé que había llevado un catre. “¡Esto es!”, pensé. Pero claro… en la práctica, no cabía dentro de la caseta.🙈 Ahí entendí que la aventura ya había tomado otro nivel. Decidí acostarme afuera. La espalda adolorida, el frío metiéndose sin pedir entre mis huesos, y mis piernas recordándome —una vez más— que no siempre siguen el ritmo de mis ganas. Los sonidos de la noche rodeándome. Una mezcla entre valentía y “¿por qué hice esto?” Y acá estoy, a las 4 de la mañana, en medio de la nada en Orocovis, Puerto Rico. Con frío, escuchando animales a mi alrededor y esperando que amanezca pronto. Ser viajera con lipedema también es esto: improvisar, adaptarse, escuchar el cuerpo… y a veces, aprender a la mala. Y ahora, mientras lo escribo, no puedo evitar que me dé un ataque de risa al recordar la travesía de la noche… porque sí, fue incómodo, frío y caótico, pero también fue mío. Pero aquí sigo. Viviendo, intentando, y encontrando mi manera. Definitivamente, una experiencia que repetiría… pero la próxima vez, mega preparada.

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