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¿Hace cuanto no vas a la playa?

​ No lo pienses mucho… solo contesta en tu mente. Yo vivo a minutos del mar.   Y aun así… llevo casi dos años sin ir. Dos años con la playa cerca…   y yo lejos de ella. Y no es una sola razón.   A veces es el cansancio, la  rutina,  la vida diaria… esa lista infinita de cosas que “hay que hacer”. Y sin darte cuenta, empiezas a posponer lo bonito.  “Después voy.” “Cuando tenga tiempo.” “Cuando esté más tranquila.” Y ese “después”… se vuelve costumbre. Y se te va la vida.  Mientras tanto, hay personas soñando con venir a Puerto Rico. Con ver este mar que yo tengo a minutos, y  yo… sin ir. Y ahí es cuando te das cuenta: no es que no lo tengas cerca… es que dejaste de ir. Tal vez este mensaje no una invitación a ir a la playa. Tal vez es un recordatorio de volver a lo simple. A lo que siempre ha estado ahí. Antes de que la vida te lo convierta en “algún día”.

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Más allá de lo que cubro.

🌙 Una noche de terror (o de aprendizaje) Fin de semana largo… y lo comencé el lunes con asma. Tenía planes de viajar a ver a mi abuela, pero el clima donde ella estaba no me iba a ayudar. Así que cambié de rumbo y terminé en el campo con mis padres. Ellos invitaron amistades y, entre conversaciones y risas, surgió la idea de acampar. Yo no quería quedarme atrás. Salí de la comodidad de mi cama para unirme a la aventura. Pensé que sería una gran decisión. Spoiler: no lo fue tanto 😅 Me prestaron una caseta de acampar. Todo parecía perfecto… hasta que llegó la hora de dormir. Qué pesadilla. La incomodidad, la rigidez del espacio, la sensación de pesadez en mis piernas… no encontraba posición. Intenté acostarme y nada. Terminé sentada, tratando de convencer a mi cuerpo de que eso también era descansar. Mis padres, que se unieron a la experiencia, no estaban muy tranquilos al verme así. En medio de la desesperación, recordé que había llevado un catre. “¡Esto es!”, pensé. Pero claro… en la práctica, no cabía dentro de la caseta.🙈 Ahí entendí que la aventura ya había tomado otro nivel. Decidí acostarme afuera. La espalda adolorida, el frío metiéndose sin pedir entre mis huesos, y mis piernas recordándome —una vez más— que no siempre siguen el ritmo de mis ganas. Los sonidos de la noche rodeándome. Una mezcla entre valentía y “¿por qué hice esto?” Y acá estoy, a las 4 de la mañana, en medio de la nada en Orocovis, Puerto Rico. Con frío, escuchando animales a mi alrededor y esperando que amanezca pronto. Ser viajera con lipedema también es esto: improvisar, adaptarse, escuchar el cuerpo… y a veces, aprender a la mala. Y ahora, mientras lo escribo, no puedo evitar que me dé un ataque de risa al recordar la travesía de la noche… porque sí, fue incómodo, frío y caótico, pero también fue mío. Pero aquí sigo. Viviendo, intentando, y encontrando mi manera. Definitivamente, una experiencia que repetiría… pero la próxima vez, mega preparada.

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